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SABER DE FARMA

Medicamentos especiales: terapias alternativas

Pablo Pérez Huertas

 

Para poder hablar de las medicinas alternativas o también llamadas complementarias primero tenemos que tener claro qué es la medicina tradicional.

La medicina tal y como la conocemos ahora, empezó a desarrollarse a partir del siglo XVIII cuando adoptó el método científico. Hasta entonces daba igual que una medicina funcionara o no, siempre y cuando tuviera una base teórica. Por ejemplo, las famosas sangrías que se practicaban en la Edad Media funcionaban porque se pensaba que la enfermedad la provocaba un exceso de sangre, pero a nadie se le ocurrió probar si con este método se curaba más gente de la que moría.

 

 

Este novedoso método consistía simplemente en observar un hecho, establecer una hipótesis, probarla mediante experimentos y si funciona seguir investigándola hasta dar con una respuesta. Uno de los primeros éxitos del método científico fue la vacuna de la viruela. La segunda revolución de la medicina tradicional llegó no hace mucho, en la década de los 70 del siglo pasado con la Medicina Basada en la Evidencia (MBE). Resumiendo mucho, consiste en que ya no solo vale que algo parezca que funcione, debe ser demostrado mediante estudios muy rigurosos que lo avalen.

Hasta aquí todo muy lógico y normal. La medicina normal o tradicional tiene que demostrar ser efectiva y segura antes de poder ser utilizada. Volviendo a nuestro tema, la principal característica de las medicinas alternativas es todo lo contrario, que no tienen que demostrar nada ya que no siguen el método científico.

Las medicinas alternativas se han puesto muy de moda en la última década, quizás por la falta de reacciones adversas, las campañas de marketing de algunos laboratorios interesados y puede que también aupada por la moda de “lo natural es mejor” (pese a que son tan poco naturales como la medicina tradicional). En este contexto merece la pena saber qué son y como funcionan estas medicinas alternativas. A continuación vamos a comentar dos de las más conocidas.

 

Homeopatía

Esta autodenominada medicina alternativa nació hace unos 200 años a partir de un médico sajón llamado Samuel Hahnemann. Parte de la premisa de que “lo similar se cura con lo similar” y que “cuanto mayor es la dilución, más potente es su efecto”. Lo primero que debemos hacer es contextualizar el nacimiento de la homeopatía, como hemos comentado, en aquella época los tratamientos más eficaces eran la sangría y la purgación, por lo que una medicina que se basaba en beber agua se consideró todo un avance.

La potencia de un preparado homeopático es inversamente proporcional al número de diluciones. Es decir, cuanta menos sustancia activa haya más efecto se espera. La potencia se mide en “CH” o diluciones por 1/100. Si un preparado homeopático tiene 30 CH significa que por cada molécula de sustancia activa hay 1.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000 moléculas de agua, en otras palabras, en un envase de homeopatía puede que no haya ninguna molécula activa. Los defensores de la homeopatía afirman que lo que realmente cura es la “memoria del agua”, el paso de esa molécula por el agua de alguna manera queda en el líquido que se ingiere. Claro, al no haber ninguna sustancia más que agua y excipientes la homeopatía se considera un tratamiento libre de reacciones adversas.

 

 

Flores de Bach

A partir de la segunda década del siglo XX, Edward Bach, un médico inglés, desarrolló una serie de remedios terapéuticos a partir de flores. Su filosofía para tratar enfermedades consistía en ignorar la naturaleza de la enfermedad y centrar la acción terapéutica en lograr la perfecta armonía entre alma y mente. Como explicación al funcionamiento, Bach decía “No se requiere ciencia alguna, ni conocimientos previos… sin ciencia, sin teorías, pues todo en la naturaleza es muy simple. Este sistema de curación… se nos ha revelado divinamente”.

En este sentido, la terapia floral no tiene como objetivo actuar sobre la dolencia directamente, sino sobre la forma de ver la vida que tiene el paciente y su estado de ánimo. Para ello realizó una clasificación de las siete actitudes o estados de ánimo que a su juicio eran causantes de problemas de salud en el ser humano:

 

  • Temor
  • Incertidumbre
  • Apatía
  • Soledad
  • Influenciabilidad
  • Desaliento o desesperación
  • Preocupación excesiva por el bienestar ajeno

 

Bach relacionó flores específicas con cada una de las actitudes enumeradas. La preparación de este tratamiento consiste en sumergir las flores en agua pura y luego dejarlas secar al Sol. Más tarde, de la esencia obtenida se extraen 2 gotas que se añaden a un frasco de 30 mililitros con agua y unas gotas de brandy como conservante.

Los terapeutas florales indican al paciente la frecuencia con que deben tomar el remedio y la combinación de esencias necesarias para tratar cada caso. Según indica el propio Bach, todos los remedios son puros e inofensivos, por lo que no existe riesgo de sobredosis ni de interacción con otras sustancias.

En definitiva…

Todo es muy bonito: tratamientos fáciles y sin reacciones adversas. El problema está en que nunca se ha demostrado que realmente curen. En efecto, se han realizado muchos estudios buscando los posibles beneficios de estas terapias pero en todos ellos se llega a la conclusión de que no curan más que el placebo.

Por otro lado, si nos fijamos en las indicaciones que tienen estos productos vemos que sirven para el resfriado, mejorar el ánimo, problemas de sueño… todas afecciones leves que se pueden resolver de forma espontanea. Esta es una idea que se nos suele olvidar, nuestro cuerpo tiene la capacidad de curarse solo, sin tomar nada, de muchas enfermedades. De hecho, muchas veces el mejor tratamiento es no tratarse. Las medicinas alternativas se ha aprovechado de esto para “curar” muchas enfermedades que en realidad se curan solas y atribuirse el mérito.

El mayor problema que tienen estas terapias no es el hecho de tomarlas, sino cuando se decide sustituir la medicina tradicional por ellas. Hay muchos casos de pacientes que han decidido no tratar sus enfermedades y recurrir únicamente a estos productos con el consiguiente empeoramiento de su enfermedad. Incluso en algunos casos han llegado a morir de enfermedades curables. 

 

¿Qué hemos aprendido?

  1. La medicina tradicional está fundamentada en el método científico que consiste en observar, realizar hipótesis y experimentar.
  2. La homeopatía se basa en que “lo similar se cura con lo similar” y que “cuanto mayor es la dilución, más potente es su efecto.
  3. Las flores de Bach intentan conseguir una armonía entre alma y mente para curar enfermedades.
  4. Ninguna de las dos han demostrado nunca curar enfermedades y pueden suponer un riesgo si sustituyen a los tratamientos tradicionales.

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